Normalmente, cuando leemos la preciosa parábola del buen
samaritano, aquel hombre que siendo extranjero al pueblo de Israel, se hizo
prójimo del hombre que había sido robado y apaleado y estaba tirado y herido al
borde del camino, nos quedamos con su primer sentido. Es el más evidente: amar
es hacerse prójimo de quien sufre.
¿Qué es la caridad?
¿Qué es el amor?. Cargar sobre nuestros hombros el dolor de nuestros hermanos y
procurar aliviarlo, ayudarlo. El amor es una entrega servicial que,
generalmente, poco tiene que ver con los sentimientos y estados afectivos. Amar
es servir, amar es acercarse, amar es curar.
Pero avanzando más en la lectura e interpretación de esta
parábola, llegamos ya a un segundo sentido, más hondo, el cristológico.










